Hoy nos ponemos un poco más serios para hablar de una realidad que, aunque parezca ajena a muchos, nos toca de cerca: la situación del campo. Y lo hacemos desde donde mejor sabemos, desde nuestra tierra, desde Guadalajara, donde el paisaje agrícola no solo forma parte del entorno, sino también de la identidad, de la economía y del futuro.
En las últimas semanas, muchos agricultores están alzando la voz. Una frase se repite como un eco en protestas, redes y conversaciones cotidianas: “trabajo, pero no me salen las cuentas”. No es una queja vacía. Es el resumen de lo que está ocurriendo en el día a día de quienes viven de la tierra. Porque producir alimentos se ha convertido en una carrera de obstáculos constante.
Los costes han subido de forma imparable. El gasóleo agrícola es cada vez más caro. La energía eléctrica, necesaria para regar, refrigerar o alimentar maquinaria, alcanza cifras que hace apenas unos años serían impensables. A esto hay que añadir los insumos básicos como fertilizantes, fitosanitarios o semillas, que también se han encarecido. Y, por supuesto, el mantenimiento de los vehículos y la maquinaria, sin los cuales la actividad diaria sería inviable. Todo suma. Y al final de la campaña, cuando toca hacer números, muchas explotaciones apenas cubren gastos.
A esta carga económica se le añade otra, no menos pesada: la burocracia. Declaraciones, ayudas, solicitudes, inspecciones, normativas, exigencias técnicas, requisitos ambientales… El papeleo se multiplica, y el tiempo para el trabajo real en el campo se reduce. Muchos pequeños agricultores sienten que pasan más tiempo frente al ordenador que entre sus cultivos. Y eso, dicen, también agota.
El malestar crece cuando se comparan estas exigencias con lo que llega del exterior. Porque no todo lo que entra en los mercados cumple las mismas normas que lo que se produce aquí. Se exige una competencia justa: si un producto extranjero no cumple con los mismos criterios fitosanitarios, laborales o medioambientales, no debería venderse en las mismas condiciones. Esa sensación de desigualdad es uno de los factores que más indignación provoca.
Y luego está el clima. Las campañas agrícolas cada vez son más imprevisibles. Sequías prolongadas, heladas inesperadas, tormentas repentinas… El cambio climático ya no es un riesgo a largo plazo: es una amenaza real que afecta directamente a los calendarios de siembra y cosecha, a los rendimientos y a la estabilidad del sector. Lo que antes era una excepción meteorológica, hoy se repite con frecuencia.
Todo esto compone un escenario difícil para el campo. Y sin embargo, seguimos dependiendo de él. El sector primario sostiene la alimentación, genera empleo local, mantiene con vida nuestros pueblos y fija población en el territorio. Pero demasiadas veces se siente solo. Por eso es tan importante escucharlo, apoyarlo y actuar.
Desde Alameda Express Área, llevamos años caminando junto al campo. Sabemos lo que significa madrugar para atender una finca. Conocemos el ritmo de las campañas, el valor del tiempo cuando hay que terminar una cosecha, y lo que supone una avería en mitad de una jornada larga. Por eso no solo ofrecemos repostaje y servicios. Nuestro compromiso es estar en el campo cuando se nos necesita. Con nuestro taller móvil, con el gasóleo a domicilio, con un café caliente, una mano tendida o una solución rápida. Porque lo que ocurre en el campo, también nos afecta.
No queremos quedarnos al margen. Queremos seguir siendo parte de la tierra que nos rodea y de las personas que la trabajan. Y queremos recordar que sin campo, no hay vida.
Y que cuando el campo habla, merece ser escuchado.


